INBA

Respirar juntos: el INBA y el renacer del cuerpo como gesto de comunidad

La fuerza de la experiencia del running en el INBA no estuvo en los kilómetros, sino en la posibilidad de reencantar la vida escolar a través del cuerpo. De recordar que la mente también necesita movimiento y que la violencia puede canalizarse hacia el equilibrio. Cada paso en esos patios históricos dejó una enseñanza silenciosa: la fuerza mayor no es la que golpea, sino la que respira.

En noviembre, en la vieja cancha del Internado Nacional Barros Arana, INBA —alguna vez de tierra, testigo de goles memorables y de peleas a combo limpio— emergió un punto cero. Ese rectángulo, tan cargado de biografía institucional, volvió a ser un lugar donde se reinicia algo más que una ruta deportiva: volvió a ser un espacio donde se restituye sentido. Desde su creación en 1920, el Barros Arana ha formado a deportistas de alto nivel nacional e internacional, pero también ha cargado con los ecos de su propia historia social. Que este punto cero ocurriera allí no es casual: la memoria escolar siempre se activa donde los cuerpos alguna vez compitieron, chocaron o celebraron.

El running, que poco a poco se ha consolidado como una práctica más amplia que el mero rendimiento, encontró en ese espacio su propio significado. Conecta con aquella intuición antigua —la mens sana in corpore sano— que Juvenal formuló y que la tradición filosófica griega desplegó: la armonía educativa de Platón, la disciplina moral de los estoicos, el equilibrio de Aristóteles y la visión integral hipocrática. Todas convergen en un principio simple: la claridad mental exige movimiento. En esa línea, correr no es solo ejercicio; es un acto político y pedagógico, una forma de canalizar energía, comprender el cuerpo como territorio de aprendizaje y reencontrarse consigo mismo y con los otros.

La comunidad inbana lo entendió así cuando representantes de todos sus estamentos recorrieron el edificio declarado Monumento Histórico Nacional, siguiendo un circuito experimental de 3K y 5K por la causa “No + Violencia”. Aventurarse por las aulas silenciosas y los patios antiguos reactivó otra memoria: la del colegio que alguna vez fue punto de encuentro, debate y formación, antes de que las tensiones contemporáneas enturbiaran su convivencia.

Durante años, como tantos liceos emblemáticos de Santiago, el INBA enfrentó heridas abiertas: desconfianza, estallidos de rabia, búsquedas frustradas de entendimiento. Esas tensiones no solo afectaron la vida escolar; también golpearon a las familias y a la comunidad que rodea al colegio. La violencia terminó justificándose como un atajo identitario, y el 2025 dejó en claro que nada de eso era normal. Por eso este acto —correr juntos— tomó un significado más profundo de lo esperado.

El circuito comenzó en la cancha y obligó a subir escaleras, cruzar el Patio Verde, avanzar por el jardín de la entrada y volver por el antiguo corredor. Exorcizar el recorrido fue también exorcizar un ecosistema: la naturaleza que se funde con el Parque Quinta Normal, las sombras de las palmeras, el eco de la historia institucional. Esta vez, sin embargo, hubo un movimiento común, no atravesado por divisiones políticas, sino por una sincronía que transformó el impulso en respiración y la violencia en ritmo. Correr no es huir; es quedarse en el mundo de otra manera.

En el silencio del INBA, cada paso se convierte en un acto de introspección. En el Patio Verde, bajo las palmeras o subiendo las escaleras del hall central, el cuerpo deja de ser instrumento aislado para convertirse en parte de un tejido social. Algunos corren por salud, otros por disciplina, otros porque el movimiento ordena pensamientos y otorga sentido a los días. Todos participan de un gesto ético: hacerse cargo de las propias contradicciones en lugar de proyectarlas hacia fuera. En un país donde la violencia se naturaliza en la calle, en la política y en la vida cotidiana, detenerse a respirar mientras se corre es una forma de resistencia.

El Patio Amarillo, tantas veces escenario de gritos, aparece ahora como un espacio de meditación en movimiento. El control de la respiración, la escucha del propio ritmo y la regulación del esfuerzo conforman una pedagogía silenciosa, una educación sin castigos ni discursos moralizantes. Allí se actualiza una máxima antigua: la mente sana requiere un cuerpo en movimiento.

La educación chilena ha tendido a separar mente y cuerpo, razón y emoción, intelecto y sensibilidad. Ese desbalance ha creado una cultura que piensa sin sentir y siente sin pensar. Justo en este contexto adquiere especial sentido la nueva normativa aprobada por el Senado el 27 de octubre de 2025. Según el Diario Constitucional, la ley establece que todos los establecimientos públicos y privados deberán asegurar 60 minutos diarios de juegos activos, actividad física o deporte, integrados como pilares esenciales de la educación integral, con participación estudiantil en el diseño de actividades e inclusión plena de estudiantes con discapacidad o necesidades especiales. Lo que el INBA experimentó como circuito, el país deberá experimentarlo como política educativa.

Ese circuito, replicable y adaptable, enseña a pensar desde el cuerpo, a sentir desde la inteligencia, a observarse en movimiento. Y la experiencia trascendió lo deportivo: exalumnos, administrativos, profesores, apoderados y estudiantes se reunieron en torno a una misma convicción: cuidar lo que se construye juntos. Los patios, tantas veces escenario de disputas, se transformaron en lugares donde el aire deja de cargar miedo y se llena del sonido parejo de quienes corren sin destruir, sin competir, sin imponerse.

La violencia en Chile ha secuestrado incluso el valor de la competencia, que hoy suele asociarse al fanatismo que necesita enemigos para existir. La desconfianza reemplaza al diálogo; la ira, a la escucha. Frente a eso, el cuerpo en movimiento ofrece un lenguaje alternativo: atención, calma, paciencia. Lo que la vida pública perdió, el running lo devuelve de manera íntima y colectiva.

En el INBA, correr se volvió un gesto pedagógico y una declaración ética. El estudiante que corre aprende a modular su impulso. El exalumno que regresa comprende que la historia no borra los lazos. El profesor que observa entiende que el cuerpo enseña lo que los libros apenas insinúan. Entre generaciones, entre respiraciones, surge aquello que la educación chilena persigue desde hace décadas: comunidad.

Quizás la fuerza de esta experiencia no está en los kilómetros, sino en la posibilidad de reencantar la vida escolar a través del cuerpo. De recordar que la mente también necesita movimiento y que la violencia puede canalizarse hacia equilibrio. Cada paso en esos patios históricos deja una enseñanza silenciosa: la fuerza mayor no es la que golpea, sino la que respira. La que alcanza un temperamento capaz de gobernar al carácter.

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